La Ruta del Popocatépetl

Siguiendo la Ruta del Volcán, en bicicleta.

Crónica del original en Abstractatus


Ruta sobrepuesta a imagen de Estación Espacial Internacional (23 Enero 2001). El viaje fue hecho 6 años después. Nótese la fumarola

Ruta sobrepuesta a imagen de Estación Espacial Internacional (23 Enero 2001). El viaje fue hecho 6 años después. Nótese la fumarola.

En la ruta del Popocatépetl

Érase la madrugada de un día cualquiera, que pensábamos en una ruta que recorrer que ofreciera la ventaja de la cercanía en el origen y el atractivo de la lejanía como destino. Un mapa 68 de la Guía Roji anunciaba, solícito, la respuesta: una ruta del centro del país alrededor del volcán Popocatépetl, ese eterno acompañante que está siempre cerca para imponer su presencia y siempre lejos como no dejándose alcanzar. Sería bautizada entonces como la Ruta del Popocatépetl.

Más que la distancia, el tiempo era una condición que limitaría. Mientras que nuestros ambiciosos planes incluían una ruta hasta Veracruz (Xalapa), un paseo que toma 6 horas en automóvil a través de las autopistas, la realidad imponía mesura para poner los objetivos en una correcta dimensión, y haciendo un cálculo más o menos conservador, Cholula emergía como un destino atractivo y posible: está a medio camino entre Xalapa y México. Además, iríamos usando carreteras secundarias, recorriendo los poblados de las faldas del volcán. El camino sería muchas veces más largo y enredado, pero la vista lo vale, así como la tranquilidad de evitar el riesgo del tráfico de los automóviles. Con una semana como tiempo límite para regresar, decidimos emprender los 350 km de viaje. Después ya veríamos qué hacemos, si continuamos o no, por decirlo así, con la fase dos.

Los tres Robertos

Los 3 robertos en la ruta a Atlixco

Varias veces se nos preguntó el porqué del viaje. ¿Para qué el riesgo? ¿Para qué las ganas de irse? Una extravagancia de ese tipo sin duda no sería un paseo dominical sobre pétalos de rosa, pues de entrada iríamos con lo menos para aguantar lo más. La verdad es que había multiplicidad de objetivos, pragmatismo e idealismo vertidos en un mismo cáliz, donde la búsqueda por la búsqueda misma se convierte en un objetivo legítimo más que en un proceso: para estudiar nuestro propio ritmo de avance; para llegar hasta donde pudiéramos en ese tiempo; por un sentido de la aventura; quizá para vanidosamente adquirir cierto prestigio personal y tener algo que contarle a los nietos; era una peregrinación tan laica como espiritual, casi toda de expiación. No hay crucifixión sin vía crucis y el viaje habría de mostrarnos dónde estábamos parados. La expectativa era un componente central. Sea cual fuere el motor que nos hacía andar, los 3 Robertos (Cervantes, Vivero y Hoyos, luego llamados Roberto-3, Roberto-2 y Roberto-1, siendo el primero el más viejo y el 3 el más joven) habrían de emprender la marcha un 5 de febrero.

Roberto Hoyos.

A las 10 de la mañana se estaba saliendo de Cuernavaca, y en poco tiempo se llegó a Yautepec y Cuautla. La ruta es más bien de bajada. Eso permite adelantar distancias rápidamente. El pequeño mapa que adjunto ilustra la ruta a partir de esos puntos. Como se puede apreciar se sacrifica distancia para ver los poblados y minimizar el riesgo de una ruta congestionada. Dada la proximidad de Cuautla y Cuernavaca del centro, resulta ocioso describir esos lugares. Para nosotros la atracción residía en la tierra ignota más allá, hacia la legendaria Anenecuilco, lugar de nacimiento de Zapata, al que llegamos alrededor de las 2:30 de la tarde.

El camino lleno de la caña de azúcar.

Tal como el personaje, el territorio a partir de este punto se pierde en el misticismo. No son las planicies del Pacífico ni las extensiones de la cuenca Lagunera, tan norteñas fértiles tierras. Morelos es un estado pequeño (menos del 0.25% de la extensión territorial del país) y eminentemente agrícola, destinando casi el 40% de su superficie para la agricultura. La mitad de todo lo cultivado en el estado es caña de azúcar, y el clima es cálido. Durante kilómetros, lo único que rodea al viajero son interminables hectáreas de cultivo (y quiero enfatizar interminables), sobre una orografía irregular. Aquí el tiempo transcurre lentamente y el sol parece nunca ocultarse. Un alto en el camino permite apreciar mejor la sensación del territorio, como ensimismado, ajeno al mundo en general, con la actitud de quien prefiere que lo dejen en paz.

En Anenecuilco, Morelos.

Llegar a Anenecuilco es bastante fácil. Hay varios letreros señalando la Ruta de Zapata, pero se corre el riesgo de pasarlo de largo. Después de Cuautla los arcos que señalan la 'tierra del jefe', indican que se ha entrado al Municipio de Ayala. Poco después una escultura dorada en relieve en una pared anuncia la proximidad del sitio. Adelante el zocalito de Anenecuilco posee una estatua del prócer. El museo debe estar como a 5 ó 10 minutos de ahí. Desafortunadamente llegamos un lunes y el museo estaba cerrado. Pero bendita gentileza de la gente de los pueblos; para nuestra fortuna se nos permitió pasar a la explanada del museo, donde se exhiben los restos de la casa donde nació Zapata. Lo que queda de la construcción de adobe está cubierta con una lona para evitar deterioro. Como mencioné antes, el sol parece no ponerse. Repentinamente llovió, a cántaros, vaciándose la nube tan rápidamente como vino. Lluvia de monzón bajo un sol de desierto, con la ventaja de un arco iris, el olor a tierra húmeda y una tarde fresca. Así llegamos a Ciudad Ayala en cuestión de 10 minutos. Y merece sin duda una historia aparte.

Primera Noche: De un búnker a una suite

La suite presidencial.

Debían ser como las 4:00 de la tarde en Ciudad Ayala. Con dos horas más de luz realmente no queríamos arriesgarnos a llegar al siguiente poblado, pues el estómago ya nos reclamaba alimento. Debido a que comer ahí significaría perder esas dos horas de luz por obviedad debíamos pasar la noche allí. Rápidamente un análisis de nuestras opciones sugería buscar una fonda agradable donde pudiéramos comer bien y barato. Por 96 morlacos, tres generosamente servidas comidas corridas y una jarra de genuina agua de coco, comimos a unos metros de la plaza de armas. Dejamos las bicicletas justo enfrente del establecimiento, las cuales encadenamos una con otra, por pura paz de conciencia, pese a los bien intencionados ruegos del locatario, que minimizaba el riesgo de hurto. él mismo había dejado una noche su bicicleta afuera en el a calle, y nos relató, encontró allí al día siguiente. ¡Qué belleza de pueblitos! En la ciudad uno no puede darse ese lujo jamás.

Con el padre Miguel.

El siguiente paso era buscar alojamiento. El relato de los viajeros que se irían a rodear el Popo parece haber llamado la atención de una señorita que probablemente consideró la idea de albergarnos, tan sólo para tristemente aceptar que su padre se opondría. Si ese conflicto interno fue el destello que percibí en sus ojos o si sólo fue una especie de discreto coqueteo, una oportunidad para intercambiar palabras y conversar con un extraño, al final del día me hace reflexionar en el mucho más accesible espíritu de la gente aquí que en la ciudad. ¿Con cuántos completos desconocidos conversa usted en el micro?

Me llamó la atención ver un poste parecido al de los Voladores de Papantla justo enfrente de la iglesia. Mientras uno de nosotros lo fotografiaba dos niñas exclaman con picardía, "Mira, les está tomando fotos al palote, mejor que nos tome unas a nosotras". Cuando escuché eso no pude menos que robar su bandera: "A ver, pues, si quieren una foto yo se las tomo", con lo que tornáronse más tímidas, a lo mejor por que no lo esperaban.

Ciudad Ayala, Morelos.

Habiendo terminado la misa, acudimos con el padre, y le solicitamos permiso para quedarnos, a lo que de inmediato respondió que sí, dándonos permiso de quedarnos en un cuarto subterráneo, al que se entra por el atrio de la iglesia. Para nosotros, que temíamos que la lluvia pudiera sorprendernos en la noche, un cuarto subterráneo era ya una bendición. Nuestro búnker reforzado de 5 por 20 metros. Creyéndonos un grupo extenso de ciclistas, el padre nos dejó quedarnos allí, sin hacer preguntas, pero al darse cuenta de que sólo éramos tres los viajeros, nos ofreció quedarnos en su casa, en un cuarto con vista a la plaza y la ayudantía municipal. En menos de 30 minutos habíamos pasado de un búnker a una suite. Su casa tenía un toque muy colonial, con una cocina de azulejos amarillo canario y azul marino, vasijas de barro y un detalle esmerado en la arquitectura de la estancia: llena de nichos y arcos. El espacio era pequeño pero el bien aprovechado, pues en la sala hasta había una chimenea y dos fogones, una sala de 3 piezas, un lugar para el televisor y espacio para un comedor. El piso era de loza amplia, entre ocre y arcilla, con tapete central hecho de pequeñas piedritas.

Capilla de la Iglesia del pueblo.

Dormimos en un cuarto arriba, que cuando estuviese terminado sería sin duda un pequeño estudio. Era muy agradable. El hecho de que faltasen algunos detalles de la construcción, todavía en marcha, para nada nos importaba, le dijimos al padre cuando nos lo señaló, disculpándose. No había necesidad en realidad: para nosotros era toda una suite presidencial si comparada con una noche al campo abierto y bajo la lluvia. La estancia era muy bonita y acogedora en realidad, pero lo que verdaderamente nos desarmó fue un espontáneo: "¿Qué les ofrecemos de cenar?". ¡Uy, padre! Habíamos obtenido ya demasiado y no queríamos ser encajosos. Declinamos en esa ocasión, más por pena que por genuina saciedad, aunque sí habíamos comido poco antes. Las bicis se alojaron en un cuarto bajo llave así que dormiríamos más que tranquilos esa noche. Nos instalamos mientras el padre celebraba misa y a su regreso conversamos sobre nuestro viaje y, principalmente, de arquitectura. Ahí nos enteramos de los planes con los que meticulosamente soñaba el padre para mejorar su iglesia y evangelizar, decía él, con algo que fuera más tangible y fácil de entender, a través de una construcción llena de simbolismo, donde nada se deja al azar: el número de columnas representando doce apóstoles; una sección para el antiguo y el nuevo testamento; un altar que es una roca como de 1.5 toneladas traída ex profeso para la capilla abierta, que está escoltada por un arco con un sol de piedra como foco y centro; un jardín del edén con dátiles; una pila de bautismo por inmersión, con una fuente y roca tallada con nichos para pequeñas plantas, con un toque muy natural; los diez mandamientos en una plancha de piedra, con caracteres inscritos por otras más pequeñas, incrustadas. Todo en la iglesia era armonía, y se sentía. La disposición era de tal forma que la acústica era óptima. Y, según el padre, apenas 30% de lo proyectado estaba construido. Cuando se termine quedará preciosa sin duda. Por si fuera poco todo lo anterior, dos árboles de frondoso ramaje ofrecían sombra y la vista del volcán era inmejorable.

Día dos: Desayuno continental

Temóac, Morelos.

Efectivamente llovió la noche anterior. Pero no podía importarnos menos. A las 6 de la mañana, el elusivo volcán que todo el día estuvo cubierto de nubes ahora se descubría. Photo op. Nos preparamos para salir y con nuestras cosas listas intentamos despedirnos del padre, pero esta vez el segundo ofrecimiento de alimento no sería despreciado. Una atención tan galante demanda diligente aquiescencia. Fruta, lechita con pan y hasta albóndigas con frijolitos. A cuerpo de rey. Después de consultar los mapas (en realidad un mapa horrendo e inexacto que sólo nos daba idea de nuestro deambular) nos despedimos del generoso padre Miguel y las señoras que tan amablemente habían preparado el alimento para nosotros y salimos rumbo a Tenextepango como a las 10 a.m.

Cohecán, Morelos.

Jugando con la idea de visitar Chinameca nos tomamos la ruta hacia el parque industrial (donde se encuentra Saint Gobain, el productor de vidrio) y salimos a la carretera que lleva al cruce de la pista Siglo XXI. Desde una tienda frente a la desviación se aprecia la iglesia de Temóac, nuestro siguiente objetivo. En línea recta, calculábamos, eran unos 10 km... de subida. A partir de ahí, de hecho, hasta San Miguel Tecuanipa sería subida. Pasamos Amilcingo y llegamos a Temóac. Pensamos tal vez quedarnos ahí. Eran ya las 4 de la tarde. Las iglesias descansan los martes así que no habría estancia allí, y como no había realmente ningún lugar abierto para comer decidimos llegar a San Bartolomé Cohuecan, el primer poblado del estado de Puebla, al que llegaríamos extenuados cerca de las 8:00 de la noche.

La vista del volcán.

Esa noche cenamos unas buenas tortas de jamón con queso blanco, un poco de pan y fruta. Dormimos afuera del ayuntamiento, en un pasillo, que los polis del lugar nos dejaron ocupar durante la noche. Pero el pueblo es muy pequeño, tal vez no más de unas cuatro o cinco cuadras a la redonda, y nadie nos molestó durante la noche, salvo el reloj de la ciudad que tocaba las campanas cada hora. De todos fue el peor día, el más cansado. Para nuestra sorpresa el clima fue una bendición: cielo despejado y no muchos vientos. Dormí destapado esa noche, en realidad.

Día 3: El camino a Mordor

La ruta a Mordor. El famoso mapa que consultamos.

Con la intención de acortar distancias rápidamente, salimos sin desayunar, alrededor de las 7:00. Apenas una fruta de la noche anterior y un poco de pan de dulce. El camino fue cuesta las primeras 5 horas, y se avanzó con lentitud, pero el paisaje nos concedió bellas imágenes del volcán ahora bautizado Mordor, por lo inclemente del trayecto. Llegamos a Amecac al mediodía, donde invertimos en un almuerzo que alcanzara para todo el día.

A estas alturas el paisaje cambia radicalmente. Atrás quedaron los campos de cultivo. Ahora todo es aridez, y a mi parecer no tiene nada de aristocrática. El suelo es más rocoso y las piedras sueltas vuelven lento el trayecto por momentos. El viento empieza a volverse frío y hay quien resiente la altitud, por escaso del oxígeno, pero el sol quema con igual intensidad.

A partir de Amecac hay una sucesión de planicies intercaladas con columpios que hacen que el trayecto se agilice. Comemos distancias con ambición. Sin darnos cuenta llegamos a Atlixco para las 3:00 de la tarde. El optimismo es grande. De acuerdo a nuestros cálculos habíamos ahorrado un día, y estaríamos en Puebla al día siguiente.

Las iglesias de Atlixco

Rumbo a Atlixco.

Hay algo que llama la atención del viajero cuando llega a Atlixco, y son sus iglesias y conventos. Los hay por montones. Tan sólo en el primer cuadro de la ciudad hay 4 conventos, seis iglesias y una parroquia. Una en particular, sobre un cerro, cual castillo en de Drácula, me llamó la atención. Parecía el lugar ideal para pasar la noche, pero no contábamos con que la historia es distinta aquí que en los pequeños pueblos, salvo una muy honrosa excepción.

Yo hubiera querido continuar ese día, y arriesgar llegar a Tecuanipa esa misma tarde, pero el consenso fue que haríamos lo posible por ver el partido de México vs USA, a las 8 de la noche. Así las cosas dejamos las cosas en una banca de la plaza, hermosamente cubierta de azulejo, y yo me dirigí a la iglesia del cerro, con una vista que domina toda la ciudad. El atrio era espacioso y era además un dispensario médico. Por vez primera ocurre un evento que me llama la atención: se me pide identificación y un papel aduciendo las razones para quedarme esa noche, además de mis datos personales y teléfono, aunque se me asegura que no hay problema con dormir en el atrio. Yo en realidad no me opongo a la idea. Quién sabe si han asaltado la iglesia antes. La desconfianza a veces está justificada. La vista bien vale una copia de mi credencial de elector y una cartita cortés, pero también pienso que la desconfianza se vuelve mutua y preferimos buscar otra opción (teníamos varías de todos modos) antes de regresar.

Iglesia de San Agustín.

Un tour por el mercado, unos platanitos con crema, coquito con chile y unas agüitas de horchata calmaron el hambre de mediodía. También teníamos ubicado el lugar donde ver el partido por la noche y con la garantía de que no cerrarían sino hasta la madrugada salimos a buscar más opciones de alojamiento. Después de estar en pueblos donde toda actividad termina a las seis de la tarde, era preciso saber la hora de cierre de los negocios.

Preguntamos en otra iglesia enfrente de la plaza y notamos aquella actitud a la que los intelectuales denominan con justa razón "hacerse güey", así que decidimos tratar de nuevo en otro lado, mientras reflexiono en la ironía de José pidiendo posada y no obteniéndola, con la similitud de los viajeros que piden posada en una iglesia que les da largas.

El socorro del padre Socorro

Con el padre Socorro.

Yo iba francamente decepcionado. Pero la tercera fue la vencida, sobre la avenida Independencia: la iglesia de San Agustín. De inmediato abordamos al padre y le expusimos nuestra situación, que éramos tres viajeros, que veníamos en bicicleta de lejos y pretendíamos llegar a Cholula, que poseíamos una tienda de campaña y sleeping bags y que nuestro propósito era el causar las menos molestias, pues solamente deseábamos un lugar seguro para las bicis y para nosotros. Pero no fue preciso hacer el cuento largo. El padre concedió permiso de inmediato. Le dijimos que volveríamos por la noche (planeábamos ver el partido antes), pero a las siete volvimos creyendo prudente dejar las bicicletas y librarnos de ese compromiso

Si el día anterior había sido el menos afortunado, éste nos recompensaría con creces. El padre nos hace saber que tiene un cuarto disponible y que podemos usarlo. Está dentro de la iglesia, y nos protegerá mejor del frío. Habiendo estado él mismo en Yucatán hacía cinco meses, estoy seguro de que hablaba con razón.

Dejamos nuestras cosas en un cuarto de oración y nos invitó a cenar, "No se apuren por la comida, yo sé lo que es amar a Dios en tierra de indios", nos dijo el padre Socorro. Y unos minutos más tarde estábamos cenando barbacoa con tortillitas de maíz negro y un plato con deliciosos aguacates y queso blanco. El padre era un viajero también. Yo en lo personal nunca había conocido a un padre con tanta apertura para hablar de todo: tocamos tanto temas sacros como profanos. Nos habló de su vida de seminarista, que hizo en los Estados Unidos, y de lugares e iglesias para ver en el estado de Morelos y en Puebla. Recién llegado de Yucatán nos habló del alto grado de sincretismo encontrado en las ceremonias de allá, y para todo siempre respondía como quien antepone el entendimiento y la tolerancia a la evocación del juicio (o al prejuicio). Hombre de gran sabiduría y astucia, era y actuaba tan natural, tan de carne y hueso, que al abrirse sincero con nosotros se volvía cada vez más enigmático. Sin siquiera haber preguntado nuestros nombres, una de sus primeras acciones cuando lo conocimos fue presentarnos con un bien altamente valuado por los viajeros, e igualmente apreciado: papel de baño.

Después de cenar regresamos a los que serían nuestros aposentos para la noche. Nos ofreció cobijas y señaló el lugar del baño, con regadera y agua calientita, por supuesto. Luego de 3 días de esfuerzo continuo y una muda solamente, decidimos tomar una ducha.

Día 4: Cholula Postcards

Una parada necesaria.

A las 8:00 de la mañana estábamos listos para partir, pero el padre insistió en invitarnos tamalitos con atole para el desayuno. Nos tomamos la foto de rigor, nos dio la bendición y salimos. Una parada rápida en la oficina de turismo de Atlixco, que verdaderamente nos atendió bien y nos invitó a poner una ligas mutuas en nuestros sitios web, para dejar constancia de nuestro paso [Liga del gobierno de Atlixco]. En ese respecto no tengo queja alguna para con el servicio turístico: los policías realmente tratan de cuidar el lugar, hasta sus bancas y jardines, que está finamente regados y conservados, verdes. El zócalo luce limpio y es muy pintoresco y tranquilo, bien vigilado. Nunca había pasado por Atlixco antes, y sus calles y el colorido de sus casas, con barrotes en las ventanas, me hace recordar Coatepec o Xalapa, muy coloniales. Conviene ir preparado con una cámara fotográfica. El lugar es bonito. La vista que se tiene desde el ex-convento franciscano bien vale la cuesta que hay para llegar.

Desde la cima.

Todavía no habíamos librado todas las subidas en este viaje, sin embargo. Hubo una en particular realmente larga y pesada, que nos tomó una hora en subir, constante y mortal, hasta Tecuanipa. A partir de ahí el camino fueron planicies áridas hasta divisar Cholula, en la distancia. Fue entonces cuando me percaté de que había olvidado comprar unos puros para la victoria.

Quise comprar una postal de Cholula, pero al prohibitivo precio de ocho pesos por postal me quise ver codo y no compré nada. No fue el precio por sí solo lo que me molestó tanto como la conjunción del precio y un letrero bilingüe con la descripción de Los Remedios Church. Ya no estábamos cobijados por la amabilidad de la gente, sino a merced del gélido trato citadino.

Subí el cerro más por compromiso que por gusto. Además, quería tomarme una foto desde la cima. La vista es simplemente preciosa, debo añadir en honor a la verdad.

En la plaza de Cholula.

Comimos en la plaza, y fui a casa de mi muy querida amiga Berenice, en Puebla, para darle la sorpresa de mi llegada. La gentileza de ella y su familia en recibirnos, a tres viajeros Robertos, llegados sin anunciar es algo que quiero dejar consignado, y por el que expreso mi gratitud. Ese día una ducha, una buena cena, la compañía agradable de un rostro conocido y dormir en un colchón fueron el paraíso terrenal: por la noche dormí más de 5 horas de corrido, y cometí el exquisito crimen de despertarme a las 9:30, una proeza monumental comparado con los días de levantarse de madrugada y varias veces tratar de conciliar el sueño.

Día 5: From Puebla with Love

Para mediodía estábamos listos para partir. Fuimos escoltados esta vez hasta la central de camiones. Habíamos decidido que era suficiente de viaje. Habíamos ahorrado un día de ruta y todo había salido a pedir de boca. No hubo ni siquiera una ponchadura de llanta. No convenía desgastarnos más, y nos hizo ver la dimensión de nuestros aciertos y nuestros yerros. Además estábamos exhaustos y uno de nosotros debía por fuerza estar el lunes de regreso a clases. Habíamos rebasado las expectativas.

La terminal.

Fuimos escoltados hasta la terminal por tres muchachas, y un par de bebidas en un bar cercano a manera de despedida cumplieron el plazo de las 3:00 de la tarde, la salida de nuestro autobús. Pero Pueblita querido no nos iba a dejar ir sin una muestra de su hospitalidad: para empezar en un restaurante no nos dejaron entrar con las bicicletas, aduciendo que "por estética podría inconformar a los clientes", a las "multitudes" que llenaban el vacío lugar a esa hora, es decir, cero personas en el local, salvo nosotros. No faltó el policía malpagado que prepotente ya casi nos grita que no se aceptan bicicletas en el estacionamiento, sin importarle que sólo íbamos por nuestro equipaje al coche que nos escoltó. En fin.

En 2 horas cuarenta minutos de autobús repasamos rápidamente lo que nos tomó 4 días hacer. Tres kilos menos, las piernas más marcadas, orgulloso y complacido el espíritu, y feliz yo por ver a viejas amistades, regresamos. Y nunca usamos la tienda de campaña, aunque hubo que cargarla a través de las montañas. ¿Si la volvería a hacer? Bueno, México es muy grande. Grandísimo. Yo, por el momento, me olvidaré de la bici en los siguientes días y me dedicaré a la contemplación.

Notas de viaje

La terminal.

Presupuesto: alrededor de 350 pesos por persona. Incluyendo el boleto de regreso en autobús de primera (el cajón para las bicis es más amplio, y en un viernes en la tarde una inversión de 20 pesos más en el boleto de Puebla a Cuerna ($160) realmente hace la diferencia).